Los amigos del alma, del corazón, están presentes por más ausencias que se presenten. Las distancias son estacas desde lejos, las diferencias son necesarias más allá de los gustos compartidos. El mundo gira sin detenerse y el mareo ya lo manejo, aunque algunas veces me llegue la multa por la licencia olvidada y algo vencida.

Los amigos no son muchos porque es una afrenta a la calidad. Son cruces de caminos, son encuentros en las esquinas del azar, son eclipses de alta mar, son estrellas fugaces que van cambiando de dirección.

Los amigos son nuestras verdades piadosas dichas al oído de nadie. Y tengo mis amigos que se han sabido mantener en silencio cuando las papas quemaban y el incendio era inevitable. Porque soy responsable de las chispas y de la manguera. Del fuego de los astros y de la tierra sagrada. Porque soy el aire que respiro en la brisa de la calma y en la furia del dragón. Tengo amigos que saben apreciarlo todo desde lejos, que observan como una vecina curiosa mientras barre la vereda de las hojas de otoño donde siempre acostumbro a escribir.

Tengo mis amigos de mates eternos y de copas profundas de vino. De ventanas indiscretas y de puertas siempre abiertas. De charlas con vuelos y de monólogos bajo tierra. De traiciones prohibidas y de canciones de libertad.

Tengo amigos de diversos gustos y demás cualidades. Amigos que son el reflejo de mi espejo y las huellas de los pasos perdidos. Amigos del mundo real y otros que jamás vi en ninguna de mis siete vidas.

Tengo amigos que son momentos de eternidad sin necesidad de mirar hacia atrás. Siempre andando, por más caminos nuevos que se presenten delante de mí, la sonrisa no se pierde, porque es la única manera de encontrarte y de contarte entre mis amigos.