Muchas veces creemos cosas que terminan siendo todo lo contrario. Generalmente ocurre con creencias nuestras, pero no con hechos reales. Más raro todavía es en la adopción de animales, ya que un perro es un perro y un gato es un gato. Aunque suene ilógico, a veces eso no es tan así, como en este caso.

Florencia Lobo se encontraba pescando junto a su hermano Lucas no muy lejos de su casa en Santa Rosa de Leales (Tucumán), cuando escuchó un ruido que venía de atrás de los árboles ubicados a la orilla del río. Como el sonido era leve, similar al piar de los pájaros, pensó que se trataba de unos pichones caídos de su nido, pero al llegar al lugar encontró una pequeña cueva y en su interior a un gatito cachorro amantándose de su madre que se encontraba sin vida.

Tenía apenas una semana de vida, estaba hambrientos, desamparado y al borde de una muerte segura. 

Por todo eso es que Florencia no lo dudó un segundo y se llevó al pequeño felino al que bautizó con el nombre de Tito. Lo alimentó, le dio calor y lo cuidó como su nueva y hermosa mascota. Y entonces Tito se convirtió en su fiel compañero de aventuras: la seguía a todos lados, se acercaba cada vez que ella lo llamaba y hasta dormían juntos. 

El problema es que notaba que rengueaba un poco cuando andaba por ahí, por lo que decidió llevarlo a lo de un veterinario para ver que no sea nada malo lo de su patita.

Efectivamente, el profesional le revisó la extremidad y concluyó que eso no era nada grave lo que tenía, aunque “lo otro” sí podía llegar a serlo.

¿Qué es eso otro?, preguntó sin comprender Florencia.

El veterinario la miró a los ojos y con total sinceridad le respondió: Tu gato… no es un gato.

“El veterinario no sabía ni siquiera qué era. Lo único que me dijo que no era un gato “normal”, por lo que decidí consultar a otros veterinarios, pero todos me querían cobrar entre 6.000 y 18.000 pesos para operarlo de la patita que tenía mal”.

Fue entonces que decidió comunicarse con una especialista de la reserva de Horco Molle quien, a través de fotos, pudo confirmar que, efectivamente, Tito no era un lindo gatito… sino un lindo puma yaguarundí.

Apenas confirmada la noticia, decidieron llamar a la Fundación Argentina de Rescate Animal (FARA) quienes asistieron inmediatamente al lugar. Pedro Rodríguez Salazar, presidente de FARA, explicó que el pequeño puma yaguarundí de tres meses fue trasladado a la reserva de Horco Molle donde sería revisado de su lesión por especialistas. Seguramente se trataría de una pequeña fisura en una de sus patas de atrás, y a partir de ahí comenzaría su proceso de rehabilitación para luego ser liberado nuevamente en la naturaleza. 

“Este es un animal de caza y un poco agresivo. Al estar con humanos desde chiquito, en la reserva van a tener que adaptarlo para que vuelva a ser como era antes”. 

Esperan que una vez que se encuentre totalmente habilitado, pueda volver a su lugar a la vera del río.

Sobre su especie

El puma yaguarundí es una especie similar al puma pero de menor tamaño. Es un felino que, en su etapa adulta, mide unos 33 centímetros de altura y puede llegar a pesar hasta 9 kilos. Suele vivir cerca de ríos y otras corrientes de agua. Se alimenta de pequeños animales que pueda cazar en la zona, como reptiles, aves y peces.