El olfato alberga misterios que actualmente son objeto de debate científico. Su íntima relación con la memoria y la emoción, según una investigación.

Los seres humanos disponemos de nuestro sistema nervioso y de los órganos de los sentidos para navegar el mundo. Estos nos permiten “conectar” con él, comprender sus aspectos más esenciales y sumergirnos en su inabarcable inmensidad (aun a riesgo de perdernos en ella).

De entre todos los sentidos de los que disponemos, la mayoría de nosotros valoramos la visión y la audición como los más importantes, mientras que el olfato suele quedar relegado a un segundo plano. Incluso la propia evolución de la especie ha seguido una lógica muy similar, dado que nuestra capacidad para apresar olores es mucho más pobre que la de multitud de animales.

Si nos detenemos un momento a pensarlo, probablemente podamos identificar algún episodio del pasado en que un olor repentino nos “transportó” hasta recuerdos remotos. Algunas de estas memorias pudieron ser reconfortantes, mientras que otras quizá tuvieron el signo opuesto. Esta experiencia, de carácter universal, nos permite intuir que ciertos olores influyen de manera directa en nuestras cogniciones y emociones.

“La próxima vez que un olor nos traslade a un recuerdo de nuestra propia biografía, podremos saber que nuestro cerebro ha contribuido de forma decisiva a que esto sea posible. Visualizaremos la compleja red de conexiones nerviosas que se esconde tras este misterio. Y quizá entonces, al menos por un momento, seremos capaces de valorar la enorme importancia de nuestro sentido del olfato”.

Las conexiones entre el olor y el estímulo permanecen vivas durante mucho tiempo, de modo que la presencia aislada del primero catalizaría los recuerdos y las emociones íntimamente enlazadas con el segundo. Así, la sensación olfativa actuaría como un puente entre el presente y el pasado, desplegándose frente a nosotros de una forma sorprendente y no deliberada.