Valoro a ciertos humanos…

Sobre todo aquellos que regalan sonrisas y arte.

A veces se trata del arte de la sonrisa, de la energía bien direccionada, de todo aquello que vale la alegría y no tanto la pena.

Intentando no irme por las ramas de las distintas hojas literarias, en este caso quiero centrarme en el caso de Chano y si se quiere, de Tan Biónica, regaló frescura con sus discos.

Colores, ritmos, pasos de baile, actitud rockera de otros tiempos, el glamour de los nuevos almanaques, y canciones que ya forman parte de la memoria selectiva y auditiva.

Chano entró a las casas y oídos de muchas personas.

En mi caso personal, siempre fue bienvenido tanto en su etapa grupal como en la de solista.

Y fue justo acá cuando quedó solo mirando desde el peligroso abismo de la inmortalidad.

Una cosa son ceniceros voladores y botellas vacías como portada de disco, como tapa de revista, como historia para contar y cantar.
Cambia la cosa cuando el estar perdido es la forma en la que uno lo encuentra más seguido que lo que se desea.

Las bandas de rock juegan sus partidos aparte y la solidaridad desafina por todos lados.

Algunos han sabido acompañar con buen ritmo y mejores latidos para que las piedras del camino queden a un costado.

Sin embargo, no cualquiera está preparado para ser un enfermero de la vida, pero mucho menos para ser un chico abandonado.

Hay que ser claro como los sonidos sin frituras y la escritura sin manchones de tinta: La droga es mala.
Socialmente, personalmente, profesionalmente, estúpidamente.

La droga no es blanda ni dura, es una mierda.

Y hay que enseñar y demostrar que el mundo (y sus circunstancias) tienen un montón de derivados para hacernos felices cuando parece que el mundo se viene abajo por alguna extraña razón llena de pasión.

Ojalá Chano logre llegar a buen puerto.

Ojalá podamos acompañarlo entre las olas de la vida.

Ojalá el agua calma logre su efecto.

Ojalá logre recuperarse para hacer y disfrutar de lo que más le gusta y hace bien: Las canciones y sus horas mágicas.