En muchas ocasiones, tenemos un concepto erróneo de lo que significa acompañar a una persona en circunstancias difíciles. Pensamos que, cuando nos encontramos en estas situaciones, lo mejor es actuar o llenar con palabras cada momento, cuando en realidad es mucho más sencillo. Se trata de estar presente, mostrando una actitud empática, escuchando activamente, dando un apoyo e interés sincero, sin juzgar, sin entrometernos y escuchando con el máximo respeto.

Acompañar es estar presente para el dolor de otra persona; no de hacer que su dolor desaparezca.

Acompañar es ir al desierto del alma con otro ser humano; no de creer que somos responsables de encontrar la salida.

Acompañar es honrar el espíritu; no de enfocarse en el intelecto.

Acompañar es escuchar con el corazón; no de analizar con la cabeza.

Acompañar es dar testimonio de las luchas de otros; no de juzgar o dirigir esas luchas.

Acompañar es descubrir los dones del silencio sagrado; no significa llenar con palabras cada momento.

Acompañar al que sufre es quedarse quieto y en silencio; no de querer moverse frenéticamente hacia adelante.

Acompañar es respetar el desorden y la confusión; no de imponer orden y lógica.

Acompañar es aprender de otros; no de enseñarles.

Acompañar es tener una actitud de curiosidad y no de expertos.

Acompañar es caminar al lado; no de conducir o ser conducido.