San Cayetano es quizás uno de los santos más populares del devocionario cristiano. A él concurre cada 7 de agosto un gran número de fieles a rezarle para conseguir trabajo o a agradecerle por tener una fuente de sustento con la que poder llevar el pan a la casa.

Pan y trabajo han sido históricamente los pedidos para el patrono de los trabajadores quien desde siempre ha sido una de las figuras centrales del culto católico. Pero son pocos los que conocen su historia de sacrificio y vocación por los demás que lo ha llevado a convertirse en este emblema religioso.

Cayetano de Thiene nació el 9 de octubre de 1480 en un pueblo del norte de Italia llamado Vicenza y murió el 7 de agosto de 1547 en la ciudad de Nápoles. Provenía de una familia muy adinerada que lo consagró a Jesús antes de nacer, por eso se llamaba Cayetano de Santa María.

“Jamás dejaré de entregar lo mío a los necesitados hasta que me vea en tal pobreza que no me quede ni siquiera un metro de tierra para mi tumba, ni tenga un centavo para mi entierro” (San Cayetano).

El primer milagro de San Cayetano ocurrió en Venecia, mientras visitaba un hospital en el que había una joven a la que le estaban por amputar una pierna debido a la gangrena que padecía. Se acercó a su cama, le sacó la venda, le besó la pierna e hizo la señal de la cruz. Al día siguiente, cuando los médicos se disponían a realizarle la operación, descubrieron que la mujer estaba curada.

La historia del Santo también cuenta que, en épocas de sequía, un campesino le pidió a San Cayetano que interceda por la falta de agua y, a modo de agradecimiento, le dejó una espiga de trigo a los pies de su imagen. Tres días después, llovió tanto que la ciudad se inundó.

Es común que las estampitas de San Cayetano estén acompañadas de una espiga de trigo que esta simboliza el pan y el trabajo. Con el trigo se hace la harina, materia prima con la que se elabora el pan.