Carlos Salin Balaá nació el 13 de agosto de 1925 en el barrio de Chacarita.

En la carnicería de su papá, Carlitos solía inventar pequeñas obras de teatro. Las representaban figuras de papel en escenarios armados con cajones de verdura. Para garantizar el público en la vidriera colgaba un cartel que decía: Hoy función.

La frase más famosa, en tiempos donde el “boca a boca” era la única manera de “viralizar” era cuando preguntaba ¡¡¿Qué gusto tiene la sal?!! y todos los chicos contestaban gritando: ¡¡¡Salaaaado!!! La idea nació en 1969, en una tarde tranquila en Mar del Plata. Un chico lo miraba atento y Balá haciendo como que no lo veía preguntó varias veces en voz alta: “¡El mar! ¿Qué gusto tendrá el mar?” El nene permanecía silencioso y el siguió: “Ahhh, el mar tiene gusto a sal. Pero, ¿qué gusto tiene la sal?” Y antes de salir corriendo el chico le respondió. “¡Pero, qué gusto va a tener la sal! ¡Salada!” Y así nació un éxito que atravesó cuatro generaciones.

En los tiempos que recorría el país con el Circo de Carlos Balá, su asistente sabía que debía visitar los colegios de la zona. Preguntaba qué chico, qué familia pasaba por dificultades económicas y eran invitados gratis a la función. No recibían las entradas sobrantes ni las peores ubicaciones. Eran los invitados preferidos de Balá.

Una vez tomando un café frente a un hospital miró el edificio y pensó: qué hago acá mientras tantos chicos la pasan mal. Se presentó ante los directivos sin chapear sin pedir canjes ni favores. Explicó que solo deseaba “llevar alegría” y pasó cinco horas visitando enfermos y suministrando el único remedio que si no cura al menos alivia: la risa. La experiencia lo marcó y la repitió a lo largo de los años en diversos hospitales, sin cámaras, sin prensa, solo como un hombre solidario.

En estas visitas “sanadoras” los que primero se ríen son los profesionales de la salud y los padres de los pacientes que lo recuerdan de su infancia, pero apenas comienza a andar entre las camas, hacer el “gestito de idea” o el “sumbudrule”, los chicos de hoy festejan como los chicos de ayer.

“Estoy recibiendo todo el amor que di. Llego a esta edad con el cariño de la gente, algo que no tienen los políticos. Soy el hombre más feliz del mundo”, asegura y no se equivoca.