Se despertó muy temprano esa mañana con la voz indefinida de la radio que anunciaba la presencia del «Día de la Niñez». El sol entrando por la ventana iluminó su sonrisa resplandeciente por la alegría desbordada que le provocaba este día en particular. Ya lo tenía planificado desde hacía un tiempo a partir de algunos sucesos desafortunados que había padecido y que no vale la pena recordar en este momento. Iba a disfrutar del «Día de la Niñez» sacando a pasear y a divertir a su querido niño.

Lo primero que hizo fue vestirlo con ropa cómoda que había dejado preparada desde la noche anterior. Una vez listo, salió corriendo por los verdes de aquel maravilloso monte mientras tiraba de la piola que sujetaba a ese gigante y colorido barrilete de cola infinita. La brisa acompañó en la aventura y elevó su cometa hacia lo más alto del cielo. Tan alto que casi alcanzó a tocar aquellos sueños casi olvidados.

Él observó sorprendido el juego que se estaba realizando entre las nubes y tuvo ganas de participar, pero las leyes físicas se lo impedían. Luego montó sobre el valiente y blanco corcel de la nueva calesita que se encontraba instalada para la ocasión en el parque de la ciudad. La canción que sonaba desde el interior del gran trompo la sabía de memoria, razón por la cual la cantaba sin importarle el desafinado acompañamiento, ni los oídos que se encontraban tan cerca de su voz. Él era feliz y los demás al verlo también lo eran.

De pronto, hizo su aparición una banda musical que desfilaba con sus pasos seguros al compás de sus infatigables instrumentos, y él se sumó a ellos. Era muy divertido verlo moverse al ritmo de los redoblantes y de ese gran trombón tocado con tanta maestría. El niño movía sus caderas de un lado para el otro mientras sus piernas hacían el movimiento contrario. Las personas que miraban y disfrutaban del espectáculo, aplaudían al danzarín y reían de sus audaces pasos improvisados.

La banda musical, los bailes, el calesitero, y el barrilete fueron desapareciendo al igual que la luz del día para darle paso a la señorita Luna que llegaba para ocupar su lugar nocturno. Las personas y cada uno de sus niños ya se habían ido a sus casas luego de una maravillosa jornada vivida en este tan especial del «Día de la niñez». Él también regresó a su casa, junto a su barrilete multicolor y la alegría que había vivido y sentido en este día que decidió guardar en el rincón más valioso de su corazón. Se puso el pijama y se fue a dormir para descansar después de tanto ajetreo. Para descansar después de haber sacado a pasear a su niño. Al niño que lleva en su interior, como todos los grandes.