Al cumplirse 78 años de su nacimiento, te contamos un poco sobre esta cantante y princesa mapuche.

Una calle lleva su nombre. Su gigantografía viste el Salón de las Mujeres, en Casa de Gobierno. Una escultura corona el ingreso a Ingeniero Huergo, su ciudad natal. Aimé Painé, la cantante araucana, la luchadora incansable por los derechos de su pueblo, trascendió a la historia como una de las mujeres notables de Argentina.

La pequeña Olga Elisa Painé llevaba en su sangre una fuerza irresistible de tehuelche y mapuche. Con solo tres años de edad fue abandonada por su madre, Gertudris e inició un largo peregrinaje, de rechazos, discriminación, encuentros y desencuentros. Primero el Hogar Saturnino Enrique Unzué, de la ciudad de Mar del Plata, luego el prestigioso colegio María Auxiliadora, de la misma ciudad y finalmente la adopción por parte de la familia Llan de Rosos, que le brindó un hogar y una educación que una niña indígena y huérfana nunca hubiera recibido.

Fue el descubrimiento de la música lo que le devolvió a Aimé las ganas de vivir y saber quién era, una incógnita que la acechó durante toda su infancia. Mientras tanto, ya había empezado a investigar sobre sus orígenes, y sobre la vida y las costumbres de los aborígenes de Argentina. Su principal motivación era llegar a ser una cantante reconocida para lo cual comenzó a estudiar con Blanca Peralta, foniatría con Alba Gayer y guitarra con Roberto Lara.

Pero antes de transformarse en solista y alcanzar notoriedad, la puerta de ingreso a su carrera profesional fue el Coro Polifónico Nacional donde ingresó por concurso y disfrutó de 5 hermosos años como coreuta. La experiencia de cantar en grupo la alejó de ese sentimiento de soledad y vacío que la acechaba como un fantasma. Finalmente, en el año 1976, deja el coro para dedicarse profesionalmente al canto mapuche.

El año 1987 había sido un buen año profesional para la “princesa mapuche”. Había viajado a Europa, invitada por el Comité Exterior Mapuche para participar de diferentes eventos en Suiza e Inglaterra. Y le había ido muy bien. Estaba feliz. Por fin todo su trabajo y sacrificio daba sus frutos. Se había transformado en la “voz del pueblo mapuche”.