El gran baterista murió hoy a los 80 años en Londres. Siempre impecable, estaba casado desde hace 57 años con la misma mujer y llevaba una vida lejos de los excesos.

La anécdota se contó muchas veces. En 1984, una gira llevó a los Rolling Stones por Amsterdam. Mick Jagger y Keith salieron después del show. Volvieron al hotel ya de madrugada. Estaban eufóricos. Gritaban, se empujaban, planeaban grandes canciones. A esa hora y en ese estado todas las ideas parecen geniales.

Mick dijo que tenía que probar una canción que se le había ocurrido y eso no podía esperar. Levantó el teléfono y llamó a la habitación de Charlie Watts. Eran las 5 de la mañana. Charlie dormía desde hacía varias horas.

Atendió y escuchó que del otro lado Jagger le decía: “¿Cómo está mi baterista?”. Watts no respondió y colgó.

Jagger y Richards siguieron divirtiéndose en la habitación hasta que veinte minutos después los interrumpieron unos enérgicos golpes en la puerta. Cuando Mick abrió se encontró a Charlie frente a él. Estaba impecable, como siempre. Camisa planchada, corbata con el nudo perfecto, pantalón pinzado y los zapatos destellantes. Pero todo eso no lo pudo notar Mick, ni siquiera se llegó a asombrar porque su compañero no tenía pijama. Charlie Watts le pegó una trompada, sin siquiera saludarlo o insultarlo, que desparramó a Jagger sobre la alfombra. Antes de irse, Charlie se acercó a él y con un dedo apuntándole a centímetros de la nariz le dijo: “No te lo olvides más: no soy tu baterista”. Y volvió a dormir un rato más.

La historia grafica algunas de las principales características del baterista de los Rolling Stones: el cuidado al vestir, las pocas pulgas, su importancia en el grupo, la fuerza de sus brazos.

Charlie Watts murió hoy a los 80 años. La tranquilidad y la quietud que siempre mostró no le llegaron con los años. La fama, los millones, los estadios desbordantes no cambiaron su forma de ser. Era el Rolling Stone discreto, quieto. El hombre sin estridencias pero con atributos. El héroe accidental. El que no estaba diseñado para triunfar, el que de manera natural le escapó al estruendo. Fue desde hace casi sesenta un Rolling Stone. Charlie Watts fue el baterista tranquilo, taciturno, de ritmo perfecto. Y ahora se ha ido.