A 107 años de su nacimiento, recordamos su paso por la ciudad de Bolívar, provincia de Buenos Aires, donde fue docente en el Colegio Nacional desde junio de 1937 hasta julio de 1939, en una carta dirigida a tres de sus amigos bolivarenses, desde París, el 23 de enero de 1961.

Mis queridos Adolfo Cancio, Bonati, y Portela:

Mi madre me ha hecho llegar la tarjeta de felicitación y recuerdo de ustedes. La contesto, Adolfo, en la misma vieja máquina en la que tanto me oíste teclear desde tu pieza en “la Vizcaína”.


No sé qué decirles, he tenido una emoción tan enorme al recibir ese saludo que me llegaba como desde más allá del tiempo (¡veintidós años!) y desde el otro lado del mar. Pronto harán diez años que vivo en Francia, y aunque voy a Buenos Aires cada dos o tres años, la Argentina empieza a borrarse un poco, como la imagen de un muerto muy querido, y al mismo tiempo se afina, se perfecciona, y entonces sólo me van quedando las cosas hermosas que viví allá, primero de niño, después con ustedes en aquél Bolívar de anchas plazas y sobremesas inolvidables… Me siento culpable de no haberles escrito nunca, pero juro que nunca olvidé a mis amigos de entonces, y que en este mismo momento no tengo que hacer ningún esfuerzo para imaginarme sentado en la mesa del hotel, con el buen Cesteros trayéndonos enormes raciones de lechón adobado, y todos nosotros tan jóvenes, tan alegres, tan despreocupados. Como me imagino que usted, Portela, se acordará muy bien de la noche en que le dejamos caer una lata de kerosene vacía en plena calle, y lo vimos dar un salto que jamás será homologado en los Juegos Olímpicos, lo cual es una lástima porque seguramente es noche usted batió todos los récords mundiales. En cuanto a vos, Bonati, ¿cómo olvidarme de tu gentileza, de cómo me llevabas en tu Plymouth a las chacras de tus clientes y amigos, y pasábamos días magníficos en ese campo abierto que Europa no tiene?


A vos, Adolfo, qué te puedo decir si no es que te sigo queriendo como a un gran amigo que llenó muchas horas de mi juventud, y al que le debo sobre todo la alegría, esa manera contagiosa que tenías (y que tendrás, estoy seguro) de reírte, de verlo todo bajo el ángulo más optimista, mientras nuestro camarada Osiris Demóstenes rabiaba por las cosas más simples… aunque también sabía reírse llegado el momento.

No puedo pensar en ustedes tres sin que invenciblemente me vuelva a la memoria la imagen del gordo Muzzio. Nunca supe nada de él, pero en mi último viaje a Buenos Aires alguien de mi casa me aseguró haber leído su nombre en un artículo necrológico; Aunque sea cierto, no lo creeré nunca. El gordo sigue siendo para mí una cara como un sol, con el habano entre los labios, montones de libretas de cheques sobre el mantel (“crédito i-li-mi-ta-do”), y una ingenuidad que nos obligaba a perdonarle cualquier cosa.


Ya ven, amigos, si me acuerdo de esos tiempos, Podría escribir un libro sobre todo eso… pero ya llevo escritos unos cuantos, y no hay que aburrir a la gente. Hoy me limito a darles las gracias por su recuerdo, que me devuelve a los veinte años y al cielo azul de mi Argentina lejana. Ya saben que tengo los brazos largos, y por eso los uno a los tres en un mismo abrazo apretado, con todo mi cariño,
Julio