¿Qué tienen que nos fascinan? Son una manera de demostrar amor o ternura y, además, son adictivos.

«Con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar», así describe Julio Cortázar en el que es probablemente el capítulo más conocido de “Rayuela” cómo son esos escasos instantes anteriores a acercar el rostro al de la persona amada, antes de fundirse en un beso.

Desde un cuadro de Gustav Klimt a una escena inolvidable al final de “Cinema Paraíso”, pasando por millones de canciones, los besos han sido parte de nuestra cultura desde siempre y forman el momento de intimidad más importante entre dos personas, que muchas veces sellan el cariño, la ternura o el amor de esta manera. Los adolescentes suelen soñar cuándo será el primero, como si de un ritual mágico se tratase, y el cine se ha encargado de dejar en el imaginario colectivo algunas sensaciones cursis que, se supone, acompañan, como el sentir el famoso cosquilleo interior de las mariposas revoloteando por ahí.

¿Qué tienen los besos? En primer lugar, algo simple: son adictivos. Diversas investigaciones han demostrado que el acto de besar promueve la liberación de dopamina y serotonina, consiguiendo que las pupilas se dilaten, aumente la sudoración, se acelere el ritmo cardíaco y, por supuesto y como si de una droga se tratase, surja la necesidad de seguir besando a la otra persona. No solo eso, también disminuyen los niveles en sangre del cortisol (la hormona del estrés), lo que nos relaja. En definitiva, son todo ventajas, aunque no nos confundamos, pues somos selectivos y no besamos a todo el mundo.

Un estudio de junio de 1995 llegó a la conclusión de que las mujeres besan a los hombres cuyo olor corporal se asocia a genes inmunológicos complementarios a los suyos, en pos de tener una mejor descendencia. Es decir, besan para evaluar a su potencial pareja. 

Ellos, por su parte, según otras investigaciones, besan para introducir hormonas sexuales y proteínas que hacen que su pareja sea más receptiva sexualmente. Nuestros labios tienen muchísimas terminaciones nerviosas, cuando los presionamos contra otros labios o una piel, simplemente nos sentimos bien.